La última iniciativa de eliminación del secreto de Argentina retoma los archivos de la era de la dictadura, pero su principal impacto se da en temas contemporáneos. En toda América Latina, este comunicado plantea una pregunta crucial: ¿Pueden los Estados que luchan contra el terrorismo y la impunidad revelar la verdad sin distorsionarla? Argentina ha comenzado a desclasificar documentos de inteligencia de 1973 a 1983, que cubren la última dictadura militar y los años inmediatamente anteriores. La primera liberación, anunciada por la Secretaría de Inteligencia del Estado, incluye 26 documentos que suman 492 páginas, difundidos a través de canales oficiales del gobierno, acompañados de una guía que detalla el proceso de liberación. Si bien esto parece ser una revelación significativa de material de archivo, sus implicaciones políticas son más complejas.
En esta primera fase se excluye la información sobre los crímenes de la dictadura, un vacío importante. Las organizaciones argentinas de derechos humanos llevan mucho tiempo buscando archivos de inteligencia que puedan arrojar luz sobre la suerte de las víctimas cuyo paradero se desconoce. En cambio, los documentos publicados consisten principalmente en reglas organizativas de la SIDE, modificaciones, manuales sobre delegaciones regionales de inteligencia y decisiones sobre la nomenclatura de los agentes, sus funciones, mecanismos de cobertura y estructuras de remuneración. También se incluyen materiales de la Dirección de Comunicación Social, que era responsable de las estrategias psicosociales para incidir en la población, así como archivos de la Comisión Asesora de Antecedentes, que monitoreaba a las organizaciones sociales y políticas de la época. Es decir, Argentina reveló los mecanismos operativos antes de revelar los detalles de las víctimas.
Esta divulgación es muy importante. En una región donde los sistemas de inteligencia a menudo persisten con prácticas sin cambios incluso después de transiciones democráticas, revelar su estructura, nomenclatura de agentes, métodos de ocultamiento y estrategias de influencia pública es políticamente importante. Revela la lógica estatal más allá de la mera violencia estatal. Sin embargo, este contexto también explica la ambivalencia que rodea a la publicación. La liberación se produce justo antes del 50 aniversario del golpe y bajo un gobierno que simultáneamente ha recortado el financiamiento para instituciones conmemorativas y al mismo tiempo promueve el concepto de “memoria completa”, que incluye no sólo los crímenes de la dictadura sino también los de las organizaciones guerrilleras antes y durante ese período. Esta clasificación es de vital importancia para la situación actual. Los archivos y su publicación son auténticos; Sin embargo, igualmente real es la disputa política sobre qué tipo de memoria construyen.
La SIDE calificó la publicación como “un acto profundamente ético, político y social” que promueve la transparencia, contrarresta la desinformación, desmitifica las teorías de conspiración y demuestra un compromiso con la verdad. Si bien estas son afirmaciones contundentes, la verdad nunca ha funcionado como un archivo neutral en Argentina; siempre fue un terreno disputado.
La larga sombra de una justicia incompleta
Para entender esto hay que recordar el conocimiento establecido sobre documentos, procesos y reparaciones democráticas en Argentina. Entre 1976 y 1983, la dictadura militar cometió torturas, ejecuciones extrajudiciales y detenciones masivas sin juicio. Su rasgo característico fueron las desapariciones forzadas. Las personas fueron secuestradas en sus hogares y lugares de trabajo en vehículos camuflados, a menudo Ford Falcons, llevadas a centros de detención secretos, torturadas, asesinadas y obligadas a desaparecer. El informe Nunca Más de la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas documentó 8.960 víctimas de desapariciones forzadas. Estimaciones oficiales más recientes cifran la cifra en alrededor de 14.000, aunque muchos expertos sospechan que las cifras son aún mayores. Nunca Más identificó 365 centros secretos de detención; datos posteriores del gobierno enumeran más de 600. Argentina también muestra que la rendición de cuentas puede comenzar con audacia pero luego debilitarse bajo presión. Cinco días después de asumir el cargo, Raúl Alfonsín ordenó el procesamiento de las tres primeras juntas militares, una medida extraordinaria que casi no tenía precedentes en la región en ese momento. Sin embargo, incluso en medio de esta audacia, la deliberación política fue evidente. En un decreto paralelo, Alfonsín ordenó juicios a los líderes de los Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo, en parte para indicar que la nueva democracia no estaba lanzando una campaña antimilitar.
Este enfoque evolucionó hasta convertirse en la doctrina de la justicia parcial. Inicialmente, se permitió que los tribunales militares juzgaran a las juntas. El concepto de “obediencia debida” se introdujo para distinguir entre quienes daban órdenes, quienes las obedecían y quienes cometían transgresiones. El Tribunal Federal finalmente condenó a Videla y Massera a cadena perpetua, impuso penas de prisión a otros y absolvió a algunos miembros de juntas posteriores. Sin embargo, estos procesamientos no siguieron un curso moral sencillo. La resistencia de los militares se intensificó. La ley de “punto final” puso fin abruptamente a nuevos procedimientos. La Ley de Obediencia Debida transformó una presunción refutable en inmunidad casi automática. Los agentes acusados de tortura, asesinato y gestión de centros de detención escaparon al procesamiento. Como resultado, Menem otorgó indultos, inicialmente amplios y luego aún más amplios, de modo que a principios de la década de 1990 sólo se habían dictado diez condenas por violaciones de derechos humanos, todos los cuales fueron indultados y puestos en libertad.
Esta historia es significativa porque revela una lección clave de Argentina para América Latina: una democracia puede iniciar procesamientos y luego retirarse; puede revelar la verdad y luego limitarla; puede honrar la memoria mientras negocia la impunidad. Por lo tanto, el comunicado actual no debe interpretarse como mera transparencia. La sociedad argentina ha sido testigo de demasiadas cosas como para aceptar archivos sin examinar críticamente lo que se deja fuera o se retrasa, y qué narrativas políticas podrían surgir sutilmente en torno a su publicación.
Lo que Argentina está enseñando actualmente a América Latina
Argentina vuelve a servir como espejo regional de América Latina. Aunque ningún país de la región ha afrontado el legado de una dictadura de manera idéntica, todos enfrentan el mismo dilema fundamental: ¿Cómo puede una democracia adoptar los actos, prácticas y silencios de un Estado de seguridad sin verse capturada por ellos? ¿Cómo puede abrir archivos sin borrar las distinciones morales? ¿Cómo puede aceptar la complejidad sin socavar la responsabilidad? En marzo de 2025, el gobierno de Milei anunció que toda la información y documentos en poder de la SIDE sobre el accionar de las fuerzas armadas durante la dictadura serían desclasificados y puestos a disposición del público en el marco del Archivo General de la Nación. Este compromiso tiene un potencial significativo. Sin embargo, la fase inicial sugiere que Argentina está comenzando con una estructura burocrática en lugar de investigaciones criminales. Políticamente, este enfoque tiene dos implicaciones: puede mejorar la comprensión institucional de las operaciones de inteligencia, pero también puede retrasar la publicación de materiales más sensibles que las organizaciones de derechos humanos necesitan con urgencia.
Esta ambigüedad no es exclusiva de Argentina. En toda América Latina, los gobiernos presentan cada vez más la transparencia como un logro en sí mismo, aun cuando cuestiones más profundas de rendición de cuentas siguen sin abordarse de manera adecuada. Si bien la apertura de registros puede apoyar los procesos democráticos, también puede facilitar el control de la historiografía, particularmente cuando los gobiernos buscan revisar el marco moral a través del cual se recuerda el pasado. El término “memoria completa” está en el centro de este riesgo. Aunque parezca inclusivo, en la práctica puede servir para equiparar historias que nunca fueron simétricas. La dictadura era una institución estatal equipada con aviones, prisiones, centros secretos, un aparato de inteligencia y el poder de imponer desapariciones. Esta distinción no es retórica; apuntala la forma específica que la memoria democrática ha tomado en Argentina.
¿Qué significa este nuevo lanzamiento para América Latina? Sugiere que la región está viendo cómo Argentina regresa a su debate democrático más antiguo, no sobre si el pasado importa, sino sobre quién controla su interpretación. Los archivos están abiertos; la herida permanece cerrada. En esta división, como suele ocurrir en esta región, la política tiene prioridad.